Lo ineluctable de lo urbano, de lo cotidiano, de lo ordinario y de lo insignificante
domingo, 9 de septiembre de 2012
viernes, 18 de noviembre de 2011
sábado, 8 de octubre de 2011
Adiós
La vida es una filigrana frágil y delicada cuyo balance está tristemente desestimado. Como un barco, lleva un rumbo, un origen y un destino, pero ante una tormenta, es fácil olvidar quién se es, a dónde se iba, y quedar a la deriva sin más ayuda que el propio cuerpo. El cuerpo contra la mar. Con suerte se llegará a alguna orilla, pero volver a casa, es otra historia…
Con el tiempo, se olvida el mar, el cielo, las gaviotas y pronto se vuelven tú y la soledad. A veces creí contemplar la belleza y poseer el don de la videncia; el linaje y la sangre de los poetas; creí tener una juventud espléndida y hermosa digna de escribirse en hojas de oro. Entonces, bendije la tristeza, el tedio y la melancolía. Me creí ángel, profeta, y canté a los falsos dioses de la vida, que son el odio, el caos y la destrucción. Me libré de la ceguera que supone la exaltación por la alegría, la dicha y el amor. Abandoné a la mitad de este maldito camino cualquier esperanza, cualquier recuerdo que me pudiera ayudar a volver. Aún entonces soñaba con Arcadia, pero desprecié mis sueños como si hubieran sido el producto de la vida que alguna vez viví, y de la que tanto quería huir. Deseé la miseria y con cada llaga de mis manos temblorosas, sentí mi alma elevarse hasta un éxtasis desconocido donde la música tenía color y forma, y las palabras se convertían a mi placer en hojas de árbol, el agua de un río, o el canto de un ave. A ellos les entregué mi tesoro, mi espíritu, y por instantes me supe libre; faltaba sólo un paso, dejaría de existir y ya: todo listo, tan perfecto como el antiguo sueño, sin carne que estorbara el deseo, el pensamiento, o la inspiración poética. Ya tenía asegurada la vida eterna en el firmamento infinito.
Pero todo era una trampa. A punto de cruzar la Estigia , tuve sed y pedí agua, pero me fue dado vino. Me embriagaron, me hicieron danzar con mil demonios toda la noche hasta que inundado de frenesí, perdí la conciencia del tiempo, del espacio y de mi. Desperté sin mis ropas, avergonzado cerca de un campo de narcisos. No me atreví a mirar tan hermosas flores. No soportaba sobre ellas el resplandor del sol, ni el verde de las colinas y de los valles que más allá se alcanzaban a ver. Cada paso, cada respirar resultaba doloroso. Cada pequeño movimiento no era sino una estúpida pantomima de lo que alguna vez quise ser y no pude, de aquel que se había ido para siempre. Caminando llegué a una pequeña aldea donde había un enorme banquete. Todos comían bailaban y reían con un indescriptible frenesí. Al principio nadie parecía notar mi presencia y recordé con tristeza los ágapes a los que en mi propio hogar asistía. Pero en ese momento se plantó frente a mí una hermosa mujer de ojos grises y vítreos como el ónix, y el rostro del color de la luna. Me tomó del brazo y me convidó a los manjares que allí había. La noche caía, pero la música alegre, y la comida fragante me hicieron olvidar el camino que jamás había emprendido, pero que tenía planeado encontrar antes del anochecer. De nuevo bebí y probé de la dulce carne de aquella mujer. Probé el éxtasis entre sus labios y recostado en su vientre dormí hasta el amanecer. Cuando desperté, con las primeras luces del día, miré con vergüenza y horror el inmundo lecho en donde había yacido y salí corriendo. Aún se olían los restos de la fiesta de la noche anterior, pero ahora sólo sentía asco y náuseas ante todo aquello que hacía poco me había parecido hermoso y apetitoso. Corrí sin detenerme hasta llegar no sé cómo hasta un desolado páramo en donde hallé entre las raíces nudosas de un sauce marchito lo que a primera vista parecía una madriguera. Había espacio suficiente para que un hombre encorvado pasara con cierta holgura, así que entré sin pensarlo. La oscuridad era total, y sin embargo seguía avanzando a tientas entre la total e impenetrable penumbra. Los pasadizos se volvían cada vez más estrechos y torcidos, y tras varias horas de caminar sin parar, me topé con un camino sin salida. Me dolía la espalda de andar a gachas, así que me senté a descansar apoyando mi cabeza en la piedra fría y húmeda. Caí profundamente dormido por días, semanas, no lo sé. De pronto, tras lo que pareció una eternidad, desperté sobresaltado en la misma oscuridad que ////// Eso es todo. La farsa ha terminado. Que bajen el telón, aquí acaba la vida de un hombre cualquiera.
sábado, 24 de septiembre de 2011
No me gusta decirte "te quiero". No porque sea mentira: es lo más cierto que conozco y que he conocido. Tampoco porque no quiera, pues me resulta tremendamente necesario decírtelo. El asunto es otro. Lo digo y me siento culpable; siento que juego sucio, que te hago trampa, que te tiendo un cebo para que me quieras, para que te sientas obligado a corresponder en algún recóndito lugar de tu ser mis sentimientos tras éstas breves palabras, y, con suerte, tras repetirlo mucho, tú mismo acabes por creerlo. No me gusta porque presiento que soy un inútil en ésto del amor, y solo de ése modo podrías saberlo, y el que lo sepas es una razón más para que aún no te hayas hartado de mi. Yo te quiero, pero al decírtelo siento que te privo de alguna agradable incertidumbre, y de tu legítimo derecho de odiarme y abandonarme. Luego siento vergüenza de mi mismo y de mis palabras y de las cosas que pienso. Me siento terriblemente autocondescendiente y pienso que tú podrías tener tus propias razones que yo jamás comprendería, o quizás ni siquiera necesites razones, no sé... Me siento terriblemente narcisista por pensar que lo que yo diga pueda interesarte en lo más mínimo, o cambie tan solo un poco lo que piensas. Ahora estoy aún más avergonzado: ¡Convertir mis sinceras divagaciones en literatura barata!
No sé a quién juego que soy. Hago un recuento de mi vida y me doy cuenta de que mis recuerdos no son míos. Escribo, pero no me reconozco en ninguno de esas palabras. Creí que escribiendo emprendía un viaje para encontrarme a mi mismo, pero ahora noto con desilusión que mientras más me esfuerzo, más me alejo. Es de madrugada, e inevitablemente me entran unas ganas de tremendas de no ser yo.
No sé que tan justificable sea, pero espero que cualquier persona que tenga algún mínimo conocimiento amateur de antropología comprenda el por qué no tengo ganas de nada. Todo me entristece, todo me enoja. Me la paso suspirando. ─Un poco como hace mi madre─ Cuando suena el teléfono, cuando tocan el timbre, cuando es la hora de la comida y no tengo hambre y sobre todo al levantarme de la silla. Me cuesta trabajo. Soy joven, y mi abuela tiene razón al decir que debería tener todo el ímpetu propio de mi edad, que debería poder cargar fácilmente un costal de zanahorias. La verdad, sin embargo, es otra. Hasta levantarme de la cama por las mañanas supone un esfuerzo desagradable para mi. Otra cosa sería si hubiera alguna buena razón para tal suplicio, pero no: no la hay. Admiro casi con ternura a aquellos que defienden las cosas de su vida como si su vida fuera de verdad suya; como si en ello se jugaran la vida; a aquellos que se esfuerzan en llevar su vida por el camino apropiado, para que al final no importe nada de lo malo que les haya sucedido. Mi historia es otra.
Hay que mirar con terror, voltear al cielo, perder todo, abandonarlo todo. El aire nos levantará como al polvo. El cuerpo famélico perecerá en la tierra y en la memoria. Puedes entonces pensar que el mañana jamás llegará, apagar la luz de tus ojos, arrastrarte con resignación y morir en la cueva. ¡El tiempo se pierde! Los días, las palabras, ¡se olvidan! Se olvidan la sed, el hambre, el deseo. La facultad más grande que puede mostrarse en ese momento es la paciencia. Yo tengo el suficiente estoicismo para contemplar mi propio ocaso.
martes, 2 de agosto de 2011
El vino
La noche susurra tranquilo.
De vez en cuando
algún sonido industrial
rompe la quietud
que es en realidad un fluir
de las nubes
a través de la luna.
Cuando hay viento,
los árboles se bambolean
de izquierda a derecha
como queriendo decir
"sigo aquí".
Una copa,
y el gozo
llega al olfato,
al gusto,
a la vista.
La noche se inunda
de paz
y mi sangre se vuelve
torrente
que inunda mi cuerpo.
De vez en cuando
algún sonido industrial
rompe la quietud
que es en realidad un fluir
de las nubes
a través de la luna.
Cuando hay viento,
los árboles se bambolean
de izquierda a derecha
como queriendo decir
"sigo aquí".
Una copa,
y el gozo
llega al olfato,
al gusto,
a la vista.
La noche se inunda
de paz
y mi sangre se vuelve
torrente
que inunda mi cuerpo.
La locura
Soy imaginario.
El agua,
el aire,
la tierra,
se funden
en el sueño de mi desidia.
No puedo volar.
no puedo encontrar
mi cuerpo en medio
de la noche de los tiempos.
La noble madera
olorosa y oscura,
lava mi espíritu
y escucho las voces
de mis ojos
mirando al cielo.
El agua,
el aire,
la tierra,
se funden
en el sueño de mi desidia.
No puedo volar.
no puedo encontrar
mi cuerpo en medio
de la noche de los tiempos.
La noble madera
olorosa y oscura,
lava mi espíritu
y escucho las voces
de mis ojos
mirando al cielo.
viernes, 24 de junio de 2011
Bahía
Nadie puede comprender
porqué cuando beso tus manos
te digo
─muérete,
huye de la vida,
de ésta vida,
de las existencias
fútiles.
porqué cuando beso tus manos
te digo
─muérete,
huye de la vida,
de ésta vida,
de las existencias
fútiles.
Tú eres el profeta
ante cuya visión
el universo se revela
en la forma,
en la idea,
en la flor
y el perfume,
o en todas las voluptuosidades
de la palabra
y el verbo
antiguo
hecho carne.
Tú eres el ser de las horas,
el navegante,
el adorador del mar;
el espíritu itinerante,
la travesía palpebral
hasta la pupila
amante;
hasta el gesto.
ante cuya visión
el universo se revela
en la forma,
en la idea,
en la flor
y el perfume,
o en todas las voluptuosidades
de la palabra
y el verbo
antiguo
hecho carne.
Tú eres el ser de las horas,
el navegante,
el adorador del mar;
el espíritu itinerante,
la travesía palpebral
hasta la pupila
amante;
hasta el gesto.
Y ¿A dónde vas, entonces?
¿De dónde vienes?
¿De dónde vienes?
Tocas mis labios
como si fueran rosas,
y yo solo puedo
callar y esperar
a que separes cada sépalo,
cada vuelta de corola
y descubras adentro
no mi muerte,
sino la semilla.
como si fueran rosas,
y yo solo puedo
callar y esperar
a que separes cada sépalo,
cada vuelta de corola
y descubras adentro
no mi muerte,
sino la semilla.
Ahora, se ve nacer
entre los astrágalos
de nuevo la palabra;
transfigurada
por tu arte alquímico,
en hoja de oro,
extraida
de la Estigia,
ungida
de ambrosía.
entre los astrágalos
de nuevo la palabra;
transfigurada
por tu arte alquímico,
en hoja de oro,
extraida
de la Estigia,
ungida
de ambrosía.
martes, 21 de junio de 2011
Puente
Maldición,
¿dónde encontrar
el desamparo?
Tú y yo
somos el peso muerto
de las horas perdidas.
La herida profunda del oleaje,
los huesos roídos de Abril.
Siempre es la memoria
la amarga semilla
que se abandona
al silencio.
Háblame del fruto,
cántame los campos.
Desde esta esquina del mundo,
háblame al oído,
háblame del vuelo
de tus manos,
de la fragilidad
del canto.
Recorre el verso,
apaga la hora,
como si la hoguera matutina
fuera la arcilla
del deseo.
Dáme el osario
de tus dioses,
despierta del sueño
y vuelve.
Vuelve secretamente
de los bosques antiguos
donde están los troncos de sal
y el musgo anochecido.
Rasga mi frente,
en señal de tu partida.
Signa, escribe
con tu dedo índice
los símbolos
de la belleza,
en los follajes,
en la noche que espera,
en las luces
nocturnas,
el elixir
y las cenizas.
Estás en la noche
donde el agua fluye
en el milagro inaudito
de tu rostro
y tus manos
y yo espero,
sobre éste oscuro
árbol incierto.
El mar
- No se emprende el viaje,
sino el camino.
Y entonces se espera
y se parte
hacia cualquier lugar.
Uno supone
que tras algún tiempo
uno llega al encuentro
y ha logrado escapar
de la nada irrisoria
que es siempre
la tierra natal.
Pero entonces,miras el cieloy ahí está:el mismo Sol,y te preguntassi en verdadese es tu destino.
- A monsieur Rimbaud: nunca te dispararé, lo prometo.
lunes, 30 de mayo de 2011
Game over
Estoy enfermo y sólo, al borde de un franco episodio psicótico. Cuando se están dos semanas sin probar bocado, se olvida la sensación del hambre. En su lugar, se siente una insoportable repugnancia a cualquier cosa que se tenga que deglutir, incluida la saliva. Ya no es aire lo que respiro, sino agua. Mis dedos se curvan grotescamente sobre sí mismos, como si fueran garras. Golpeo mi frente contra la pared. Escucho cómo el concreto retumba y cómo mi cráneo sufre graves contusiones hasta que la piel se rompe y comienza a sangrar. Arranco de un tirón los pelos de mi coronilla. Hundo mis uñas en mis ojos y mis pómulos. De un puñetazo rompo las ventanas y mis nudillos quedan completamente ensangrentados.Ahora la calma. La absurda y estúpida calma.
¿Qué es lo que he hecho?
Lo único que queda... es la muerte.
¿Qué es lo que he hecho?
Lo único que queda... es la muerte.
domingo, 1 de mayo de 2011
Esperanza absurda. Tú sabes, yo sé que ésto ha de acabar algún día y hoy más que nunca ansías que eso sea pronto. Sabes que tú y yo no somos sino un manojo de gestos ensayados sobre la vida. No sabemos bien qué o quiénes somos. Te odias a ti mismo por el simple hecho de existir, porque cualquier cosa que haces, sin posibilidad de excepción, es una idiota pantomima de aquello que quieres ser y no eres. Da lo mismo, entonces, caminar por calles conocidas, buscar rostros familiares en la multitud, hallar multitudes en la soledad de lo cotidiano, tratar de hallar cotidianamente el remedio a aquello que no conoces, pero sabes inevitable, eterno, natural: la soledad. Sientes que no hay nada más contra natura que tratar de paliar la divinidad del ascetismo. Te sientas bajo un árbol, la gente pasa, las campanas suenan, caminas y no hallas sosiego. Imaginas, escuchas, crees escuchar, crees ver, crees creer, la vida, el viento, todo tan irremediable, todo tan trágico, tan inevitable...
Oda
A las 3 de la tarde uno debería sentarse donde quiera que uno esté y observar callado cómo pasa la tarde. El asunto funciona mejor si uno está en la Rue de Vigny, o en el Boulevard des Courcelles. No hay nada mejor que notar la vaguedad del pensamiento; lo increíble y lo banal que al mismo tiempo todo parece. Nada causa mayor placer que tener la mirada perdida, el pensamiento vacío y el cuerpo en su posición más natural; aquella que éste asume por el mismo hecho de ser cuerpo. Alguien dice una u otra palabra, tú escuchas, y cada palabra evoca en tu mente un paisaje distante, una historia ajena a tus manos que a ratos protagonizas y al otro olvidas. Pasan junto a ti figuras sin rostro, sin nombre; oscuras, difusas; se pronto fijas tu mirada en alguna e imaginas, prefieres pensar que ambos son víctimas de un absurdo encuentro cortazariano; reconoces su rostro, su andar su hipotética voz. Intentas quitarte un sombrero que no tienes puesto; respiras el humo del cigarrillo que la mujer leyendo junto a ti está fumando. Lentamente, exponencialmente luego, subes de nuevo a la superficie. Tras una fracción de segundo, súbitamente, tus oídos recobran la percepción de todas las voces; las cercanas y las apagadas; los alientos silenciosos, confusos, suspiros nocturnos a plena luz del día. El bullicio de pronto se agolpa en tus oídos, la multitud se agolpa en tus ojos y, de pronto, ya no estás sólo. De aquí de nuevo el mundo. Tan real y extraño para el alma.
Epístola nocturna
Es tarde y hace frío. El cielo se ve tan oscuro que me pregunto si es uno distinto. A lo lejos se escuchan los ruidos de una madrugada en un lugar lejano: los maúllídos insistentes de un gato, el incesante canto de las cigarras y los grillos, y un vago susurro que parece provenir de algún lugar intangible de esta oscuridad... Paso intermitentemente del sueño ligero a la vigilia difusa. De pronto me da la impresión de que te veo junto a mí, pero el frío me devuelve a la realidad. Pienso que no es suficiente ; quisiera tenerte siempre conmigo. La distancia, sin embargo, es ineludible. Mañana despertare y me daré cuenta de que pensar en ti se me ha vuelto un vicio. Ya es de noche y hace frío, pero salí a ver la luna porque me recuerda a ti. El olor del rocío formándose en las hojas de los árboles me recuerda a tus manos, y aquí sentado me siento invadir por una creciente sensación de abandono que me recuerda que he estado en tus brazos, y que en tus brazos me he protegido del viento. El viento hiela los huesos. No escucharás mi llanto, y por eso lloro en silencio. No se quien eres; no sé quién soy... Sólo contigo puedo verdaderamente escapar de mi mismo. Quisiera huir;correr a tu encuentro... La vida acaba irremediablemente y nada me da más miedo que todos los días despertar y ver que todo sigue igual. Por eso te necesito, y por eso necesito que me necesites; porque temo que algún día todo se habrá ido, y yo no habré conocido la vida contigo... Lo demás no me interesa, aunque así debiera ser, sólo tú, y yo cuando estoy contigo.
jueves, 28 de abril de 2011
Dinosaurio
El joven dinosaurio
de salvaje apetito
vivió en un tiempo
en que era común
morir desangrado
por el piquete de un mosquito.
Ocasionalmente sucedían
extinciones masivas
a causa de erupciones volcánicas
y otros cataclismos.
Sus pezuñas de saurisquio
desagarraban fácilmente
la carne tierna
de otros dinosaurios,
sin la etiqueta prehistórica
que supone
el cretácico.
de salvaje apetito
vivió en un tiempo
en que era común
morir desangrado
por el piquete de un mosquito.
Ocasionalmente sucedían
extinciones masivas
a causa de erupciones volcánicas
y otros cataclismos.
Sus pezuñas de saurisquio
desagarraban fácilmente
la carne tierna
de otros dinosaurios,
sin la etiqueta prehistórica
que supone
el cretácico.
Ésto se llama cacería.
Las aves vinieron del mar,
del viento, del fuego.
Sus prodigios salvajes
olían a sal y tierra.
Ellos sabían de la lluvia;
lo sabían ya
el día en que llegaron.
Sabían de los ríos,
de las piedras
y los tubérculos;
del fuego
─pues del fuego venían─;
del viento
─pues del viento venían;
y del mar
─a donde siempre volvían─
Las aves vinieron del mar,
del viento, del fuego.
Sus prodigios salvajes
olían a sal y tierra.
Ellos sabían de la lluvia;
lo sabían ya
el día en que llegaron.
Sabían de los ríos,
de las piedras
y los tubérculos;
del fuego
─pues del fuego venían─;
del viento
─pues del viento venían;
y del mar
─a donde siempre volvían─
domingo, 17 de abril de 2011
Nunca más
Hurgo en mi memoria
y en la esperanza.
Tanteo a ciegas
ésta absurda oscuridad
en que me encuentro.
No recuerdo ni tu rostro,
ni tu nombre.
y en la esperanza.
Tanteo a ciegas
ésta absurda oscuridad
en que me encuentro.
No recuerdo ni tu rostro,
ni tu nombre.
Guia para un estupendo cumpleaños
Ir a misa de ramos (solo)
Tomarte 5 expresos dobles cortados en Regina (solo)
Ir a ver a un amigo indigente y brindar con el con un cabertnet savignon joven ( diría que solo pero estaba con el indigente)
Vomitar en medio de la calle por el revoltijo de vino y cafe y sentirte de la vil rechingada (solo)
Tener la esperanza de volver a ver a Zanella un día de estos.
Tomarte 5 expresos dobles cortados en Regina (solo)
Ir a ver a un amigo indigente y brindar con el con un cabertnet savignon joven ( diría que solo pero estaba con el indigente)
Vomitar en medio de la calle por el revoltijo de vino y cafe y sentirte de la vil rechingada (solo)
Tener la esperanza de volver a ver a Zanella un día de estos.
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